1.1 Historia de las comunicaciones.
      El hombre, para poder transmitir sus ideas, inventó el lenguaje, que inició con simples sonidos guturales, que poco a poco fueron diferenciándose hasta formar letras, con las cuales formó palabras y frases.

      Tratando de lograr una comunicación a distancia, inventó el radio, para emitir y captar ondas sonoras. Con ello, los mensajes pueden ser recibidos, casi al instante, en cualquier parte del mundo.

      Durante el desenvolvimiento de la electricidad, habían aparecido varias teorías para explicar los diversos fenómenos eléctricos producidos, creyéndose al principio que la acción eléctrica se ejercía a distancia sobre los distintos cuerpos capaces de experimentarla.

      Pero el descubrimiento de la corriente eléctrica motivó que se suscitasen dudas sobre aquella acción misteriosa. Faraday expresó claramente su incredulidad acerca de tal acción, y en 1835, con ocasión de una memoria sobre una forma perfeccionada de batería voltaica, observó que la corriente eléctrica se propagaba como si existiesen partículas discretas de electricidad.

      Las ideas de Faraday no cayeron en el olvido y su compatriota Maxwell las recogió treinta años después, para traducirlas al lenguaje matemático, sacando de ellas las consecuencias más trascendentales.

      La idea fundamental de Maxwell fue comparar la corriente eléctrica al paso de un fluido incomprensible, del cual un río caudaloso, de cauce desigual, puede dar una idea aproximada. En el recorrido del río, aun cuando circula un mismo volumen de agua en un tiemp0o dado, el líquido corre con menor velocidad en los sitios donde el cauce es ancho y profundo que en los lugares más estrechos y sin profundidad.

      Así pues, según Maxwell, al unir con los polos de una batería eléctrica dos placas metálicas, separadas entre sí por un pequeño espacio aislante, cuyo conjunto forma lo que en electricidad se llama un condensador, en el momento de cerrar el circuito se produce una corriente de desplazamiento, de manera que en los diversos puntos del aislante la energía eléctrica se acumula en forma de un estado de tensión, es decir, de tracción, en el sentido de corriente y presión en sentido perpendicular.

      Después ya no ocurre nada en ninguna de las porciones del circuito, y por consiguiente, según Maxwell, la diferencia entre el circuito eléctrico con un condensador o sin él es únicamente que en la porción del aislante del mismo, o sea entre las dos láminas metálicas, el desplazamiento se encuentra contrariado y así, admitiendo esta restricción, el paso de la electricidad por los circuitos eléctricos se hace enteramente análogo al paso de un fluido incompresible por un cauce.

      Como la presencia del aire no es necesaria para que los fenómenos eléctricos puedan ocurrir, puesto que se producen igualmente en el vacío, Maxwell tuvo que admitir la existencia de un fluido hipotético que llenase todo el espacio. Dicho fluido, llamado éter por los físicos y químicos, sería, según la opinión de ese físico, el que, por su circulación, produjese los fenómenos eléctricos.

      Diversos experimentos realizados tendían a demostrar la analogía entre los fenómenos luminosos y caloríficos y los eléctricos, y Faraday emprendió la tarea de comparar entre sí sus velocidades de propagación, entrando con este motivo en relación con Maxwell, que entonces ocupaba una cátedra en el King’s College de Londres.

      Las diversas determinaciones verificadas dieron por resultado una velocidad de 300.000 kilómetros por segundo y este resultado indujo a Maxwell a considerar que la luz, el calor y la electricidad no eran otra cosa que vibraciones del éter, de diferentes longitudes de onda, quedando así establecida la naturaleza electromagnética de la luz y del calor.

      La teoría de Maxwell, que forma un maravilloso edificio científico, completando posteriormente por diversos ilustres matemáticos, entre los cuales destaca Helmholtz, tuvo como inmediata consecuencia la investigación de la posibilidad de producir prácticamente ondas electromagnéticas que se propagasen a distancia, tal como los cálculos de Maxwell permitían prever.

      Supongamos que una piedra de un peso dado, por ejemplo de diez gramos, cae desde un metro de altura sobre una superficie lisa y tranquila de agua. Al instante veremos surgir unas ondas concéntricas que irán aumentando y propagándose hasta cierta distancia. Si repetimos la prueba con una piedra de veinte gramos en lugar de la de diez, siendo la altura de caída la misma, el efecto producido será más fuerte y las ondas se propagarán a mayor distancia; así pues, la propagación es proporcional al peso o la masa que cae.

      Aumentemos ahora la altura de caída hasta dos, tres o cuatro metros, y observaremos asimismo que la onda se propaga tanto más lejos cuanto mayor es aquélla, o sea cuanto mayor es la velocidad adquirida por la piedra y también cuanto más fuerte es la presión que ejerce sobre el líquido. La propagación de las ondas a distancia requiere, pues, gran presión de la piedra sobre el agua.

      Tomemos ahora de nuevo la piedra y, utilizando cualquier medio mecánico, introduzcámosla en el agua varias veces consecutivas. Las ondas se propagarán tanto más lejos cuanto mayor sea el número de inmersiones que se hayan hecho en un tiempo dado, es decir, que guardarán relación con la frecuencia del movimiento. Resulta de ésto que para transmitir ondas a distancia, sobre una superficie lisa de agua, se necesita un cuerpo de mucho peso o bien uno que ejerza gran presión sobre el líquido, que esté animado de un movimiento muy rápido o que reúna a la vez varias de estas condiciones.

      Si razonando de un modo análogo aplicamos estas conclusiones a las ondas eléctricas y admitimos la similitud entre el peso de la piedra y la intensidad de la corriente eléctrica, y entre el efecto de la presión ejercida por aquélla y el de la tensión de ésta, veremos que, para propagar las ondas eléctricas a distancia, necesitaremos un aparato susceptible de producirlas y además que la obtenga con suficiente intensidad, es decir, que proporcione una corriente eléctrica intensa y de tensión elevada.

      Dada la analogía entre el éter o fluido hipotético de Maxwell y otro fluido cualquiera, parecía pues posible poder producir en él sistemas de ondas que se propagasen a distancia, tal como acabamos de explicar respecto al agua, con la diferencia de que, mientras las ondas producidas de este líquido se propagan con velocidad muy escasa, las ondas producidas en el éter deberán propagarse con la velocidad de la luz y de la electricidad, o sea de 300.000 kilómetros por segundo.

      Las primeras tentativas fueron realizadas por el profesor Fitzgerald, de Dublín, pero no dieron resultados prácticos hasta que, en 1888, el físico alemán Hertz, que desconocía las investigaciones de Fitzgerald, emprendió la misma tarea de hacer entrar en vibración eléctrica el éter hipotético de Maxwell.

      Supongamos dos esferitas metálicas muy próximas y coloquemos una de ellas en comunicación con el suelo, con lo cual su potencial eléctrico será igual a cero, y llevemos la otra esfera a un nivel eléctrico elevado, lo cual podemos conseguir fácilmente uniéndola a un generador de electricidad de elevada tensión. La descarga eléctrica saltará entre ambas esferas, y para comprender lo que pasa en las mismas debemos hacer otra comparación.

      Supongamos que tenemos un tubo en forma de U, cuyas dos ramas están separadas en su parte inferior por una membrana impermeable. Pongamos agua en una de las ramas, y, cuando haya alcanzado cierto nivel, su peso será equivalente a la resistencia de la membrana.

      Si continuamos añadiendo agua, el peso de la columna excederá a la resistencia de la membrana y ésta se romperá; entonces, en virtud del principio de los vasos comunicantes, el agua se precipitará en la otra rama del tubo, que se llenará exactamente lo mismo que la primera, si bien, antes de alcanzar el nivel definitivo, las dos columnas de agua verificarán una serie de oscilaciones y luego quedarán en equilibrio perfecto.

      Volvamos ahora a las dos esferitas metálicas. Si aumentamos el nivel eléctrico de la que no está en comunicación con el suelo, llegará un momento en que la capa de aire que las separa, al igual que hemos visto con la membrana, cederá a la presión eléctrica y se romperá, y, por efecto de la diferencia de nivel eléctrico entre ambas esferitas, se producirá una descarga eléctrica. Pero de la misma manera que en el tubo del experimento anterior, el equilibrio mecánico no se restablecerá sino hasta después de cierto número de oscilaciones, tanto más numerosas cuanto más pequeñas sean las esferitas y cuanto menor sea la distancia que las separa.

      Así pues, mientras que una piedra, al caer en el agua, vacía parcialmente la superficie con que choca y produce ondas que se propagan por el líquido, la chispa o descarga eléctrica, producida en las condiciones citadas, provoca un sacudimiento ondulatorio en el medio en que se ha verificado, o sea en el éter, produciendo un tren de ondas amortiguadas.

      Esta sacudida o perturbación es esférica y se propaga en todas direcciones a través del espacio, y la potencia de la onda producida depende de la tensión de la corriente empleada y de la capacidad del sistema donde se obtiene, o sea del circuito eléctrico de descarga.

      Con el fin de obtener una descarga oscilante cuyas oscilaciones fuesen extraordinariamente rápidas, Hertz adoptó un condensador de muy pequeña capacidad; dicho condensador tenía por armadura las dos esferitas metálicas, situadas a corta distancia una de otra, y unidas a dos varillas que sostenían dos láminas, también metálicas. Estas varillas estaban conectadas con un carrete de inducción que permitía cargar el aparato a una tensión elevada.

      A intervalos del orden de la milésima de segundo, el carrete podía descargarse en el condensador formado por las dos esferitas, saltando una chispa entre las mismas, acompañada de la descarga del condensador.

      Por consiguiente, a cada milésima de segundo, el circuito eléctrico así formado producía un chorro o tren de oscilaciones amortiguadas, de período relativamente muy pequeño con relación a dicho intervalo de tiempo, cuya longitud era alrededor de un millón de veces más corta.

      Esta descarga oscilante representa, pues, una corriente eléctrica que cambia de sentido gran número de veces por segundo y que, según las leyes descubiertas por el físico Ampère, crea un campo de fuerza magnética. En el espacio que se encuentra alrededor de las esferitas deben, pues, producirse oscilaciones electromagnéticas del éter, o sea ondas que se propagan a distancia; el aparato que provoca dichas oscilaciones fue llamado por Hertz oscilador, a causa de sus efectos.

      Conseguida la producción de ondas electromagnéticas, era necesario revelar sus efectos o, en otros términos, explorar el espacio modificado por la presencia de dichas oscilaciones para comprobar su existencia. A este objeto Hertz ideó un sencillo aro metálico abierto terminado en dos puntas metálicas muy próximas, al que dió el nombre de resonador.

      Para comprender la manera de actuar del resonador recurriremos a un ejemplo acústico: consideremos un diapasón que vibra y cuyas ondas sonoras se transmiten al aire que se encuentra a su alrededor. Estas vibraciones carecen de acción sensible sobre otros diapasones próximos al primero, y correspondientes a notas diferentes, pero en cambio dejan sentir sus efectos acordados sobre la misma nota musical, o sea cuya frecuencia de vibraciones es igual que la del que vibra.

      En estos diapasones se produce un efecto de resonancia que les comunica un incremento considerable de energía, y los hace entrar en vibración al unísono con el primero.

      Extendiendo esta analogía entre las oscilaciones electromagnéticas de su aparato, Hertz previó la posibilidad de provocar oscilaciones en otro circuito eléctrico, de la misma frecuencia de vibración. Este circuito es el resonador, formado por un sencillo hilo de cobre, provisto de una solución de continuidad cuya anchura más o menos grande puede graduarse por medio de un tornillo.

      Después de regularlo convenientemente, Hertz recorrió el espacio existente alrededor del oscilador y así pudo comprobar que se producían chispas entre los extremos del aro del alambre en el mismo instante en que el oscilador producía las suyas.

      Este experimento sirvió para confirmar las ideas de Maxwell y dejó entrever la posibilidad de producir ondas eléctricas a distancia y captarlas mediante un aparato adecuado. Fue, pues, la primera tentativa de radiocomunicación por medio de las ondas electromagnéticas, y el primer resultado práctico del que había de germinar toda la serie de experimentos que jalonan la senda hasta el perfeccionamiento de la telefonía sin hilos.

      El descubrimiento de Hertz, aunque permitió comprobar la existencia de las ondas electromagnéticas y sus propiedades análogas a las de las ondas luminosas, confirmando así brillantemente la teoría de Maxwell, no tuvo resultados prácticos inmediatos, porque el resonador, que revelaba la presencia de las ondas, únicamente podía funcionar a muy corta distancia del aparato que las producía.

      Pero en 1884 Calzecchi Onesti descubrió la conductibilidad eléctrica que toman las limaduras de hierro en presencia de las ondas electromagnéticas, o sea de las ondas hertzianas, como así se llamaron en memoria del descubrimiento de Hertz.

      Fundándose en estas propiedades de las limaduras de hierro, Branly, profesor del Colegio de Francia, inventó en 1891 el aparato llamado cohesor, que siendo mucho más sensible que el resonador de Hertz, permitió hacer patente la existencia de las ondas a distancias mucho más considerables.

      El cohesor de Branly consta de un tubo de cristal dentro del cual se encuentran limaduras de hierro, algo apretadas, entre dos polos metálicos que se comunican con una pila eléctrica. La resistencia de las limaduras es demasiado elevada para que pase la corriente de la pila, pero en presencia de una onda hertziana dicha conductibilidad aumenta y la corriente que pasa por el aparato puede hacerse patente haciendo sonar un timbre eléctrico.

      Cuando el tubo de limaduras se ha vuelto conductor por el paso de la onda electromagnética, continúa siéndolo, de manera que no serviría para revelar el paso de otra onda semejante; pero sacudiendo las limaduras o dando pequeños golpes al tubo, recobra éste la inercia primitiva.

      El aparato estaba, pues, formado por un tubito de limaduras, como el que hemos descrito, conectado a un circuito eléctrico compuesto de una pila y un electroimán, cuya armadura sostenía un pequeño martillo que golpeaba el tubo de limaduras cuando se volvía conductor y permitía el paso de la corriente a través del mismo; de esta manera, al cesar el paso de la onda, cesaba también la conductibilidad del tubo y quedaba dispuesto para recibir una nueva señal.

      Con el aparato de Branly podían hacerse patentes las ondas hertzianas a distancias mucho más considerables que con el resonador de Hertz, pero, de todos modos, no podían obtenerse todavía aplicaciones prácticas. El ruso Popov creyó encontrar en el tubo de Branly un aparato sensible para revelar la marcha de las tempestades, pues las descargas eléctricas de las nubes tempestuosas provocan la formación de ondas, capaces de ser reveladas por el cohesor.

      Después de perfeccionar este aparato, Popov añadió al sistema receptor un hilo metálico extendido en sentido vertical, para que, al elevarse en la atmósfera, pudiese captar mejor las oscilaciones eléctricas. Este hilo estaba unido por uno de sus extremos a uno de los polos del cohesor, mientras que el otro extremo comunicaba con tierra y así cualquier diferencia de potencial que se estableciese entre dichos polos, provocada por el paso de una onda electromagnética procedente de las nubes tempestuosas, hacía sonar el timbre del aparato, cuyo repiqueteo más o menos frecuente daba idea de la marcha de la tempestad.

      De este modo nació la primera antena, llamada así porque, para sostener el hilo metálico ideado por Popov, debía emplearse un soporte de aspecto parecido a los mástiles o antenas de los buques.

      El oscilador de Hertz, el detector de Branly y la antena de Popov eran, pues, los tres elementos indispensables para establecer un sistema de radiocomunicación, pero era necesario también constituir un conjunto que pudiese funcionar con seguridad para tener aplicaciones comerciales.

      Nadie había podido conseguirlo, hasta que en 1895 Marconi realizó experimentos definitivos que le proporcionaron el título de inventor de la radiocomunicación. Así pues, las ondas eléctricas habían sido previstas por el inglés Maxwell y producidas por el alemán Hertz.

      El francés Branly había inventado el cohesor de limaduras que permitía revelar su paso y el ruso Popov había ideado la antena que reforzaba extraordinariamente las señales emitidas y recibidas, porque permitía lanzar al espacio y captar del mismo mucho mayor cantidad de energía. Pero Marconi fue quien dio vida a esta idea, que, por otra parte, había concebido independientemente de sus predecesores.

      Marconi era muy joven, casi un niño, cuando en el jardín de su casa realizó los primeros experimentos que le debían dar universal renombre. Había nacido en Italia el 25 de abril de 1874, siendo su padre italiano y su madre irlandesa.

      Mientras el padre se dedicaba a la agricultura, soñando que el hijo seguiría sus pasos, llegado éste a la Universidad de Bolonia pudo escuchar las conferencias del profesor Righi, que estaba precisamente haciendo ensayos sobre las ondas hertzianas y su propagación.

      Marconi, vivamente interesado por los experimentos de Righi, quiso repetirlos en su propia casa, consiguiendo transmitir y recibir señales, primero en el interior de las habitaciones y luego de un lado a otro del huerto de la mansión.

      No tardó mucho tiempo Marconi en concebir la grandiosa idea acerca de la posibilidad de la radiocomunicación, pero en su país no encontró, de momento, ambiente favorable y se dirigió a Francia, cuando aún no había cumplido veintidós años.

      El inventor solicitó del Gobierno francés autorización para tratar de establecer comunicación radiotelegráfica entre Antibes, en la Costa Azul, y la isla de Córcega, y a este objeto instaló en el faro de la primera ciudad y en lugar adecuado de la isla, sus aparatos emisores y receptores, pero no consiguió resultados satisfactorios y sus recursos iban agotándose.

      Un día en que Marconi se dirigía al faro para reanudar sus experimentos, conoció casualmente a un lord inglés que pasaba unos días en la Costa Azul y que después de escuchar los proyectos del inventor se interesó grandemente por ellos.

      Marconi pasó entonces a Inglaterra, donde finalmente pudo procurarse ayuda económica y técnica y, después de haber realizado diferentes pruebas ante la dirección inglesa de Correos, del Estado Mayor del Ejército y del Almirantazgo, formó en 1897 una sociedad para la explotación de su patente, pudiendo establecer por primera vez la comunicación por telegrafía sin hilos a la distancia de 15 kilómetros en el País de Gales y algo más tarde entre Francia e Inglaterra, a través del canal de la Mancha (Marzo de 1899).

      Animado por estos resultados, Marconi decidió intentar la comunicación transatlántica, y a este efecto se embarcó en 1901 para Terranova, donde montó una estación emisora y receptora que debía comunicar con Inglaterra. Al principio las recepciones de las señales emitidas eran muy defectuosas, y cuando el inventor informó que en el mes de diciembre había conseguido oír algunas eses del alfabeto Morse, letra que, como es sabido, está formada por tres puntos, su dato fué recibido con el mayor escepticismo.

      No desmayó Marconi en la empresa, sino todo lo contrario y, como consecuencia de ello, el 12 de diciembre de 1901, a las once y media de la mañana, Marconi y sus dos compañeros instalados en la cabina receptora de las costas de Terranova, oyeron perfectamente las señales radiotelegráficas del operador de la estación emisora de Poldhu, en Cornwall, mientras un escalofrío producido por la emoción hacía estremecer a los tres hombres, que se estrecharon en fuerte abrazo.

      Este hecho tan trascendental causó gran sensación en todo el mundo, y, sobre todo, entre los hombres de ciencia, que hasta entonces se habían mostrado escépticos acerca de la transmisión de las ondas hertzianas a grandes distancias por causa de la curvatura de la Tierra. Por vez primera en el mundo un hombre había sido capaz de enviar señales a través del Océano Atlántico, y, sobre todo, las había lanzado con la fantástica velocidad de la luz, o sea a 300,000 kilómetros por segundo.

      Demostradas por Marconi las grandes posibilidades de la radiocomunicación, una verdadera pléyade de ingenieros e investigadores de todas las naciones fue por el camino tan brillantemente descubierto, para perfeccionar los aparatos emisores y receptores.

      Los primitivos carretes de Ruhmkorff, productores de chispas de alta frecuencia, fueron construyéndose cada vez más potentes, y pronto se substituyeron, en las grandes instalaciones, por máquinas eléctricas o alternadores de alta frecuencia, capaces de proporcionar la energía de varios centenares de kilovatios.

      Así pudieron establecerse muy pronto diversas estaciones emisoras transatlánticas, que unieron a las naciones con sus colonias y con los demás países en una red invisible de ondas que cruzaban el espacio continuamente, sin obstáculos de ninguna clase.

      Los aparatos receptores fueron también perfeccionándose rápidamente y se hicieron cada vez más sensibles. El tubo de Branly fue substituido por los llamados detectores electrolíticos. Consistían éstos en un tubito de vidrio en cuyo interior se había soldado un fino hilo de platino, cuyo diámetro era de una o dos centésimas de milímetro. Un poco de mercurio, introducido dentro del tubo, permitía que el hilo estuviese en comunicación eléctrica con el polo positivo de una pila, la cual cerraba su circuito con un teléfono y una varilla de platino, de un diámetro cualquiera, sumergida, junto con el tubo, dentro de un vasito de agua acidulada con ácido sulfúrico.

      La corriente de la pila, al atravesar el agua acidulada, producía una pequeña burbuja de oxígeno que, al recubrir la punta de platino, impedía su contacto con el líquido, cesando la corriente.

      Pero al comunicar el aparato así formado con una antena y recoger una onda hertziana, el paso de ésta hacía desprender la burbujita de oxígeno y pasaba una corriente mientras duraba la señal, y, por consiguiente, el teléfono producía un sonido característico que revelaba su paso y su duración.

      El detector electrolítico representó un gran paso en la recepción de señales radiotelegráficas, pero pronto fue reemplazado por el detector de cristal, llamado así por estar formado por un fragmento de galena o de pirita, en contacto con una punta metálica.

      El contacto de los dos cuerpos así dispuestos presenta el fenómeno de la conductibilidad eléctrica unilateral, es decir, que una corriente puede atravesar el contacto en un sentido determinado, pero no en sentido contrario.

      Por consiguiente, si se coloca un teléfono entre los bornes de este sistema detector, éste produce un sonido mientras dura la señal, a causa de que sólo pasan por él corrientes de un mismo sentido, ya que, de las dos semiondas que constituyen una oscilación eléctrica, una sola de ellas puede atravesar el cristal.

      Conseguido el aumento de alcance de las estaciones emisoras a causa de su potencia cada vez mayor y de la sensibilidad de los receptores, pronto pudieron aplicarse a las grandes instalaciones los sistemas automáticos de emisión y recepción telegráficas, con lo cual se consiguió un rendimiento extraordinario que permitió establecer servicios particulares y de prensa entre todos los países del mundo.

      Además, hacia 1899 entró a formar parte de la sociedad Marconi, el profesor Ambrose Fleming, nacido en Lancáster en 1849, quien durante toda su vida se había dedicado a los estudios de física y técnica en general.

      Este hombre, que era un veterano en los trabajos técnicos, descubrió la válvula eléctrica o válvula termoiónica que lleva su nombre y que, perfeccionada luego por el americano De Forest, revolucionó por completo la radiocomunicación.

      Finalmente, los estudios de Armstrong permitieron usar los tubos termoiónicos inventados por De Forest para producir ondas hertzianas. Efectivamente, todo impulso eléctrico captado por la rejilla de uno de estos tubos puede ser recogido, amplificado, en el circuito de ánodo.

      Ahora bien, si estos impulsos amplificados son nuevamente llevados al circuito de reja mediante un acoplamiento adecuado, se producirá una amplificación que por el acoplamiento se transmitirá al circuito de reja, y así sucesivamente.

      Parece que por este procedimiento podría amplificarse indefinidamente; pero sucede que, cuando la amplificación es suficiente para compensar el amortiguamiento en los circuitos, que dicho sea de paso tienen siempre capacidades parásitas inevitables, aun en el caso de que no existan capacidades en forma de condensadores propiamente dichos, se produce la descarga oscilante de estas capacidades y, por lo tanto, las ondas hertzianas.

      Posteriormente se produce la descarga de los osciladores a base de tubos termoiónicos basados todos en el mismo principio, pero usando acoplamientos diferentes como son los osciladores de Harley, Meissner y Calpitts que, en unión del ideado por Armstrong, constituyen las modificaciones de las emisoras actuales, permitiendo realizar la radiotelefonía y la radiotelevisión, cuyas posibilidades han excedido las previsiones más optimistas.

      Las consecuencias de la radiocomunicación han sido, pues, tan extraordinarias, que ningún otro descubrimiento ha alcanzado tan trascendental importancia, y por este motivo se concedió con justicia el premio Nobel de Física a Guglielmo Marconi en el año 1909, repartiéndolo entre él y el alemán Ferdinand Braun, el cual defendió a Marconi contra los impugnadores durante sus primeros experimentos y declaró valientemente cuando todos dudaban de ello, su fe en la posibilidad de establecer la comunicación radiotelegráfica a través del Atlántico.

      A comienzos del siglo XX, centenares de experimentadores se apasionaron ante la noticia de que las comunicaciones transatlánticas habían sido alcanzadas. Prosiguiendo las experiencias realizadas por sus ilustres antecesores fueron los primeros radioaficionados.

      Desde el año 1900 hasta el 1910 se construyeron centenares de rudimentarios transmisores y receptores, y a partir del año 1914, el movimiento de radioaficionados fue extendiéndose a muchas partes de la tierra.

      La finalidad plenamente científica de aquellos pioneros de la radioafición, dio origen al intercambio entre los mismos de todo tipo de datos e informaciones de sus experiencias, consecuencia de lo cual fue el nacimiento de las primeras asociaciones de radioaficionados.

      La asociación decana es la Radio Society of Great Britain (RSGB) que se constituye en Londres en el año 1913 y un año más tarde nace la América Radio Relay League (ARRL) de los Estados Unidos, hoy la mas importante del mundo.

      Gracias a la radiocomunicación ha podido establecerse un contacto rápido entre los diversos pueblos de la Tierra y se han facilitado en gran manera los intercambios comerciales.

      Además, en el terreno de la navegación marítima y aérea la telegrafía sin hilos ha prestado incontables servicios y ha hecho disminuir extraordinariamente los peligros.

      Si a esto se añade la trascendencia de la radiotelefonía y de la radiovisión desde el punto de vista cultural y educativo, se comprenderá que estas maravillas de la ciencia eléctrica han provocado en la humanidad la revolución más trascendental que haya experimentado desde que la civilización esparció entre los hombres por sus inapreciables ventajas.
       

      Diagrama de una estación Transmisora - Receptora
      de chispa y cohesor Branly 

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